“Mi mayor consuelo era… que mi hijo muriese”

Por Karen Heller / 14 de febrero de 2016


Imagina lo peor que le podría suceder a un padre.

Algo mucho peor le ocurrió a Sue Klebold.

Sí, esa Klebold, un apellido que es sinónimo del tiroteo que tuvo lugar durante 1999 en el instituto Columbine, a las afueras de Denver, en Littleton, Colorado.

Fueron el hijo de Sue, Dylan, junto con su amigo Eric Harris, quienes mataron a 12 estudiantes, a un profesor e hirieron a otros 24 durante la ejecución de un plan que llevaban gestando desde hacía un año a espaldas de todos.

Mientras que otras madres pedían por las vidas de sus hijos durante aquel día de abril de hace 17 años, “Yo supe que el mayor consuelo por el que podía rezar no era la seguridad de mi hijo”, recuerda Sue, “sino su muerte”.

Poco después del mediodía, los dos perpetradores se quitaron la vida en la biblioteca del instituto.

Al día siguiente, Sue escribió lo siguiente en su diario: “El terror y la total incredulidad son arrolladores. La pena de perder a mi hijo, el remordimiento por lo que ha hecho, el miedo a ser odiada por todos. La agonía es continua”.

A día de hoy acaba de publicar “A Mother’s Reckoning: Living in the Aftermath of Tragedy”, que incluye entradas de aquel diario y de los 39 que le siguieron, en los que escribía una crónica de la vida que se vio obligada a vivir después de que terminara la que llevaba hasta el momento. Siempre supo que escribiría este libro. “La decisión importante estaba en si publicarlo o no”, dice. Todos los beneficios se destinarán a organizaciones que investiguen la salud mental y la prevención del suicidio, su nueva comunidad.

Se trata de un libro de auténtico terror, sufrimiento y misterio, no porque Dylan fuese algún tipo de monstruo, sino porque era como muchos adolescentes – introvertido pero cariñoso, y al parecer consiguió ocultar sus pensamientos suicidas y su aguda depresión de sus padres, amigos y profesores. No encajaba con el modelo de solitario marginado y violento.

La masacre tuvo lugar tres días después de que Dylan asistiera a su baile de graduación. Hacía poco que había visitado la Universidad de Arizona, donde planeaba continuar sus estudios tras graduarse. O eso era lo que sus padres creían.

Su madre halló nuevas formas de lidiar con una situación a la que pocos padres se tienen que enfrentar. “Reestructuras tu cabeza para permitirte aceptar algo que es imposible de aceptar”, dice Sue, de 66 años, sentada en una habitación de hotel en el centro de Manhattan mientras sujeta una gran taza de café de la que apenas bebe.

Alta, delgada y grácil (su hijo pequeño era desgarbado y media 1,90m), es dada al contacto visual directo, sonrisas frecuentes y prefiere el calzado cómodo. Es amable, extrovertida, considerada y, en sus propias palabras, “una persona totalmente honesta – demasiado, incluso”. Necesitaba conocer la verdad sobre su hijo, aunque no haya forma de que pueda llegar a conocerla completamente.

¿Por qué querría Sue revivir la pesadilla tantos años después?

“No pienso que sea algo que pueda controlar. Si estoy en un supermercado y veo a los hijos de otras personas, siempre pienso en las víctimas, en aquellos jóvenes que fueron asesinados y en el profesor”, dice con calma. “Cualquier mención de las víctimas o de sus familias siempre me resulta muy, muy difícil. Tengo una reacción tan visceral por todo el horror, el remordimiento y la angustia que me causa lo que hizo Dylan”.

Pero nunca se enfadó con él, excepto cuando vio las así llamadas Cintas del Sótano, los vídeos que los dos chicos grabaron en la habitación de Eric y en los que no dejan de vomitar odio.

“Solo sé que me voy a un lugar mejor”, dice Dylan de forma monótona en una de las cintas. “La vida no me gustaba demasiado”.

Sus padres no tenían ni idea. Este no era el hijo que conocían. Sue escribe en su libro, “Inmediatamente después de la tragedia, no solo lloramos la muerte de Dylan, sino la de su propia identidad – y la nuestra”.

La revista Time puso en portada a Eric Harris y a Dylan Klebold, una de las fotografías favoritas de Sue en la que su hijo aparecía sonriendo, junto al titular Los monstruos de la casa de al lado. Pensaba que lo conocía, que eran cercanos, pero luego se enteró de que sus dos últimos años estuvieron llenos de ira y depresión. “Una de las peculiaridades de un asesinato-suicidio es que el perpetrador nunca es considerado una víctima”, dice Sue. “Creo que Dylan era una víctima de lo que estaba teniendo lugar en su cabeza”.

Sue con Dylan en 1985.

Su libro recrea el horror de todo lo que siguió a la matanza, la conmoción y las revelaciones, la primera mitad apenas avanza seis meses.

A los Klebold les encantaba su casa, un refugio en las montañas a kilómetros de Littleton. Tras la tragedia, se vieron obligados a desalojarla durante unos días mientras el equipo SWAT buscaba pruebas. Cuando regresaron, se convirtió en una especie de prisión. Para evitar que los reporteros y otras personas fisgonearan, las enormes ventanas tuvieron que ser cubiertas con papel de periódico, bloqueando así su vista de las montañas.

Hablaron con un abogado antes que con una funeraria. Este les dijo, “Habrá una tormenta de odio dirigida hacia vuestra familia”. Les llevó cuatro años zanjar las 36 demandas que se presentaron contra ellos.

Otros familiares recibieron amenazas de muerte. Los pequeños actos de generosidad parecían sospechosos: aunque algunos desconocidos les ofrecieron consuelo enviando comida a la oficina de Tom Klebold, esta fue rechazada por miedo a que pudiera estar envenenada. Dylan no pudo ser enterrado por miedo a que su tumba fuese vandalizada. Su cuerpo fue incinerado.

El misterio era que Dylan había crecido en una casa sin armas de fuego. Sue y su marido “estaban rotundamente en contra de las armas”. En cambio, la literatura los inspiraba. Tom, un administrador de fincas, y ella, por entonces una orientadora de estudios superiores, pusieron a sus hijos los nombre de poetas famosos: Byron por Lord Byron y Dylan por Dylan Thomas. Dylan también era su “chico sol”, por su pelo dorado y “porque todo era fácil para él”.

Sue no estaba contenta con la amistad de su hijo con Eric. En su penúltimo año, los dos adolescentes habían sido detenidos tras robar material electrónico y habían tenido que asistir a un programa probatorio de orientación para evitar cargos penales. Sue creyó que Dylan fue mejorando, ya que se le permitió terminarlo antes de tiempo por su buen comportamiento y no se metió en problemas durante su último curso.

Hasta el 20 de abril.

Los Klebold no tenían una relación cercana con los Harris, aunque les agradaban. “Me gustaría proteger su privacidad”, dice. “Por supuesto que nos hemos mantenido en contacto con ellos a lo largo de los años”.

Un mes después del tiroteo, Sue escribió cartas de condolencia a todas las familias de las víctimas. Tardó todo un mes en escribir todas.

Recibió dos respuestas, de la hermana de una de las víctimas, que le dijo que no culpaba a la familia y, 11 meses más tarde, del padre de uno de los chicos asesinados que le ofreció su compasión y ayuda. Durante los años siguientes, y después de que las demandas hubieran quedado zanjadas, los Klebold se reunieron con los padres de otras tres víctimas. Escribe sobre uno de estos encuentros en su libro: “Lloramos, compartimos fotografías y hablamos de nuestros hijos. Cuando nos marchábamos, nos dijo que no nos culpabilizada por lo ocurrido”.

Sin embargo, otros sí que los consideraban responsables. Una de las expectativas que tiene con el libro es que “cuando sucedan cosas así, la gente no de por hecho que o el perpetrador es malvado o no ha sido educado correctamente”.

Consideró cambiarse el apellido. También pensó en mudarse.

“Rápidamente me di cuenta de que no se puede escapar de algo como esto”, y de que perdería el apoyo de su grupo de amigos. Pensó en el suicidio. Tom dijo en una ocasión, “Ojalá también nos hubiera matado a nosotros”, un pensamiento que “tendríamos en muchas ocasiones”. Cuando le diagnosticaron cáncer de mama dos años después de la masacre, casi pareció una broma.


Las acciones de Dylan han definido su vida y su misión: encontrarse con las familias de la gente que ha cometido suicidios o asesinatos y lidiar con cuestiones relacionadas con la salud mental. “La mayoría de la gente ha sufrido un incidente de este tipo en su familias, y odian lo que hizo esa persona, se sienten humillados”, dice. “Solo quieren vivir sus vidas en privado. Casi todos con los que he hablado se sienten así. Mi elección de hacer algo como esto es lo anormal”.

“La mayoría de la gente” incluye a su hijo Byron, 37 años a día de hoy, y a Tom, su ahora ex-marido. Se divorciaron en 2014 tras 43 años de matrimonio. “Parecíamos no estar en la misma página. Ya no teníamos nada en común. A excepción de compartir la tragedia. Pero no nos sentíamos del mismo modo al respecto, no lo procesamos de la misma forma”. Tom y Byron “no estaban a gusto” con la publicación del libro, dice, “pero nunca intentaron pararme, lo que me parece asombroso. Y los adoro por ello”.

“Sue estaba completamente segura acerca del objetivo del libro. Cualquier cosa que pueda hacer para evitar que alguien haga algo así, ayudando a los padres de algún modo, ya sería un logro para ella”, dice Roger Scholl, su editor. “Es tu peor pesadilla. Te das cuenta de que nunca sabes en qué piensan los adolescentes. Podrías no saber si tienen problemas”. Ese es el mensaje del libro, el reconocimiento de su negación, la búsqueda de pistas y conocimiento.

En un principio, dice Sue, “cuando pierdes a un ser querido, te sientes una víctima. Te ha sucedido a ti. Te sientes desamparado y confuso”. Luego pasas a “sentirte como un superviviente” y “los supervivientes se ponen en contacto y crean grupos de apoyo, se juntan y comparten sus sentimientos. Y luego, después de un tiempo, nos convertimos en defensores. Queremos marcar una diferencia. Queremos que las cosas sean mejores”.

Sue entiende que sus revelaciones podrían resultar dolorosas. “Tengo miedo de volver a traumatizar a algunas personas el publicar este libro”, dice, con sus largos dedos alrededor de su taza de café, aún llena. “También tuve en cuenta la opción de no hacer nada”.

Pero no. “Estaría perdiendo el propósito de mi vida, que no es otro que compartir lo que sé”, dice. “Dar a conocer mi historia ofrece la posibilidad de ayudar a otros con su sufrimiento”.

Ahora, su historia está ahí fuera, un rayo de sol en un infierno privado.

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Esta página está dedicada a todos aquellos que resultaron heridos o murieron en el tiroteo que tuvo lugar en el instituto Columbine en Littleton, Colorado, el 20 de abril de 1999. Esta web trata sobre los hechos que tuvieron lugar ese día, da una escueta mirada a la realidad de las acciones de Eric Harris y Dylan Klebold y las consecuencias que éstas tuvieron.

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